06/04/2024
Antes de la cuarta erupción volcánica en la región, los científicos contaban con que una gran bolsa de magma se elevaba bajo Grindavík, amenazaba con inundar la ciudad costera con roca fundida y generar explosiones si la lava llegaba al mar.

La península de Reykjanes, en el suroeste de Islandia, no es ajena a las erupciones volcánicas. La aparición de lava en un valle remoto en marzo de 2021 supuso la primera erupción en la península en ocho siglos, y entre esa primera y julio de 2023 se han producido otras dos. Una cuarta se consideraba inevitable, y llegó en diciembre de 2023, y los investigadores esperaban que fuera otra erupción relativamente segura y alejada de los núcleos de población, pero no ha sido así.

En declaraciones recogidas por la CNN, Islandia se enfrenta a acontecimientos que “no ha experimentado antes, al menos no desde la erupción de Vestmannaeyjar“, dijo la semana antes de la cuarta erupción la Agencia de Protección Civil del país.

El vapor mana de una fisura en una carretera cerca de la ciudad de Grindavík, Islandia

El vapor mana de una fisura en una carretera cerca de la ciudad de Grindavík, Islandia, el lunes 13 de noviembre de 2023, tras un repunte de los terremotos que sugiere que el magma se está acercando a la superficie.

FOTOGRAFÍA DE BRYNJAR GUNNARSSONAP PHOTO

Las esperanzas de una erupción inofensiva se disiparon semanas antes. Una intensa serie de terremotos que comenzó a finales de octubre alcanzó su cenit el en noviembre, cuando la actividad sísmica migró hacia la ciudad costera de Grindavík, hogar de 3500 personas. Los expertos creían que un gran volumen de magma se elevaba justo debajo de la ciudad, lo que ha provocó una rápida evacuación.

Los vulcanólogos ya creían en noviembre que la probabilidad de una erupción era muy alta, y temían que una profusión de lava pudiera fluir directamente hacia la ciudad o adyacentes a ella. “Los próximos días estarán llenos de incertidumbre”, afirmaba Tom Winder, sismólogo de la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

Todavía contaban con una pequeña posibilidad de que el magma no encontrara una ruta hacia la superficie y no se produjera la erupción. Sin embargo, en el peor de los casos, la ciudad quedaría destruida y se producirían explosiones de ceniza si la lava llegara al mar.

“Hasta ahora, mi reacción ha sido más de angustia emocional que de curiosidad científica”, afirmaba Evgenia Ilyinskaya, vulcanóloga de la Universidad de Leeds (Reino Unido) que creció en Islandia. “Todavía no puedo imaginar lo que es salir de casa en mitad de la noche sin saber si volverás a verla”.

Volcán Fagradalsfjall de Islandia

PENÍNSULA DE REYKJANES, ISLANDIA

Tras siglos de inactividad, el volcán Fagradalsfjall de Islandia ha entrado en erupción dos veces en menos de un año, atrayendo a miles de personas para contemplar las impresionantes escenas de los vastos y burbujeantes campos de lava. Con más de 1500 volcanes activos en el mundo, el turismo volcánico se ha disparado en la última década, a pesar de su peligro.

FOTOGRAFÍA DE CHRIS BURKARDNATIONAL GEOGRAPHIC

Un despertar magmático

Se cree que las erupciones volcánicas de los dos últimos años en la península de Reykjanes representan una nueva era de actividad. La última vez que la región estalló, entre 1210 y 1240, se produjeron varias erupciones al abrirse esporádicamente múltiples fisuras que dejaron escapar roca fundida, un periodo conocido como los Incendios de Reykjanes.

Posteriormente, la lava no alcanzó la superficie de la península hasta el 19 de marzo de 2021: tras 15 meses de temblores cada vez más intensos y frecuentes, aparecieron fisuras cerca de Fagradalsfjall, una montaña volcánica. La feroz erupción, con prolíficas fuentes y ríos de lava correntosa, tuvo lugar en un valle a varios kilómetros de las construcciones más cercanas.

Esa erupción terminó seis meses después, y fue seguida por una segunda, más pequeña, al noreste, en agosto de 2022, que duró tres semanas. Una tercera fisura estalló, de nuevo hacia el noreste, en julio de este año, desencadenando una erupción que duró casi un mes. A esas alturas, los vulcanólogos estaban seguros de que la península se encontraba en una especie de secuela de los Incendios de Reykjanes, un nuevo periodo multidecenal de erupciones esporádicas de fisuras.

Los científicos sospechaban que la siguiente erupción seguiría un patrón precursor similar al de las tres anteriores: muchos terremotos a medida que el magma atraviesa la roca en su camino hacia partes poco profundas de la corteza, acompañados de un cambio de forma del suelo para acomodar el magma en movimiento.

También se esperaba que la cuarta erupción se produjera en la misma zona cercana a Fagradalsfjall, donde se concentró la inflación del terreno. Pero el repunte de los seísmos sugería que el magma estaba en movimiento, no necesariamente hacia la superficie, sino horizontalmente bajo tierra. Esta vez, las cosas parecían diferentes.

La deformación del suelo era más dramática, lo que sugería que la tasa de flujo de magma era al menos el doble que en las tres erupciones anteriores. Preocupantemente, la ubicación de toda esta actividad geológica no estaba cerca de Fagradalsfjall, sino cerca de Þorbjörn, una montaña cercana al balneario de la Laguna Azul (un punto turístico), Grindavík y la central geotérmica de Svartsengi.

Una erupción aquí podría amenazar cualquiera de estos lugares. “La ubicación de este episodio de actividad en Svartsengi cogió a mucha gente por sorpresa”, afirma Winder.

No está claro por qué el magma se dirigió en esta dirección en lugar de seguir la trayectoria de las tres erupciones anteriores. Según Þorvaldur Þórðarson, vulcanólogo de la Universidad de Islandia, los depósitos profundos de magma tienen al menos dos rutas hacia la superficie. Pero “por qué funcionan de forma semiindependiente es un enigma”.

Modo crisis

En los últimos años se han producido varios periodos de inflación del suelo bajo Þorbjörn, lo que sugiere que el magma se estaba acumulando o desplazando por debajo. Pero en todas las ocasiones anteriores, la inflación terminó y el magma no subió a la superficie. “Esperaba que todo pasara como de costumbre”, afirma Edward Marshall, geoquímico de la Universidad de Islandia.

No obstante, se elaboraron planes de evacuación preventiva para Grindavík, mientras los trabajadores tomaban medidas para garantizar que la central eléctrica (crítica para la región, especialmente durante el invierno) pudiera funcionar a distancia. El 9 de noviembre, los seísmos, cada vez más intensos, también obligaron a la Laguna Azul a cerrar temporalmente sus puertas y trasladar a sus huéspedes a otro lugar.

Luego, durante la tarde del 10 de noviembre, “las cosas se volvieron locas”, dice Winder. Un gran aumento de la actividad sísmica hizo temblar la península, con un puñado de terremotos de magnitud 4 o superior que causaron daños en carreteras y algunos edificios. Desde finales de octubre se habían producido 24 000 seísmos en la península.

El magma ascendía rápidamente, y el cambio de una inflación ligeramente preocupante a una capa de magma que ascendía a través de antiguas capas geológicas (lo que se conoce como dique) dejó atónitos a los científicos. “La velocidad de la transición me dejó estupefacto”, afirma Winder.

Se declaró el estado de emergencia y, a primera hora de la tarde del viernes, la Oficina Meteorológica de Islandia pronosticó que se produciría una erupción en los próximos días. “La repentina inyección de un dique supuso un cambio radical”, afirma Marshall, ya que la roca fundida tenía ahora una vía viable hacia la superficie. A juzgar por la tensión de la corteza, es posible que se trate de un enorme volumen de magma, mayor que el de las tres erupciones anteriores.

En un principio, los expertos pensaron que lo más probable era que la erupción se produjera en torno a los antiguos cráteres del noreste de la ciudad, una zona de suelo más débil que el magma podría aprovechar. Pero las cosas empeoraron cuando, a última hora del 10 de noviembre, los ruidos sísmicos se desplazaron hacia Grindavík, lo que significa que la erupción podría producirse cerca de la ciudad o directamente en su interior.

Cerca de la medianoche de ese día, el Gobierno ordenó una evacuación obligatoria e inmediata, que se completó unas dos horas más tarde. Esa noche, la actividad sísmica se extendió mar adentro. Una erupción aquí “generaría mucha ceniza y gases peligrosos, así como vapor, y más actividad explosiva”, afirma Mike Burton, vulcanólogo de la Universidad de Manchester (Reino Unido).

Si esto ocurría, lo más probable es que siga siendo un peligro localizado en Islandia, no un problema internacional similar a la erupción del Eyjafjallajökull de 2010, una erupción bajo una capa de hielo que creó una colosal columna de ceniza de larga duración que cerró temporalmente una franja del espacio aéreo europeo.

Al atardecer del 11 de noviembre, el magma estaba a menos de 800 metros de la superficie, y el corredor de un posible lugar de erupción había crecido a unos 16 kilómetros de largo, extendiéndose desde la región de cráteres, a través de Grindavík, hasta una corta distancia mar adentro.

Finalmente, el magma salió en tierra más de un mes después. La erupción volcánica en la península de Reykjanes en Islandia no representa una amenaza para la vida, dijo el Gobierno Islandés en un comunicado el martes 19 de diciembre, según informó CNN.

Una espera angustiosa

El 20 de noviembre, la actividad sísmica había perdido intensidad. Pero eso no significa que la erupción sea menos probable, sino todo lo contrario. Como se confirmó un mes más tarde.

La actividad sísmica disminuyó un poco antes de las tres últimas erupciones, lo que sugiere que el magma no necesitaba romper las rocas con tanta fuerza cuando se acercaba a la superficie. Pero la península también ha experimentado al menos una erupción fallida en los últimos años, cuando una intrusión de magma intentó salir a la superficie pero no lo consiguió.

La erupción de 2021 en Fagradalsfjall comenzó tres semanas después de que el magma que la alimentaba ascendiera a zonas poco profundas de la corteza. Y, de nuevo a finales de 2023 pasaron semanas, no días, antes de que Grindavík entrara en erupción, “por lo que los residentes de Grindavík podrían tener que ponerse cómodos” refugiándose en otro lugar, avisaba Marshall en noviembre.

Los expertos barajaban varios escenarios. La lava podría salir a borbotones de un segmento de ese corredor, o la roca fundida podría brotar por toda la línea. “Algunas de las peores interpretaciones de los datos sugieren un orden de magnitud mayor que Holuhraun”, dice Ilyinskaya, refiriéndose a la erupción islandesa de 2014 y 2015 que cubrió 85 kilómetros cuadrados de tierra con lava, aproximadamente del tamaño de la isla de Manhattan. Pero, a diferencia de este próximo paroxismo, aquella erupción se produjo en un lugar remoto.

También existía una pequeña posibilidad de que no se produzca ninguna erupción. Eso hubiera sido una sorpresa para los científicos y un alivio para los islandeses, pero las tensiones hubieran persistido, y muchos se preguntarían por qué toda esa agitación geológica acabó en un fallo de encendido.

La mayoría de los expertos apuestan por la aparición de lava fresca. La Oficina Meteorológica de Islandia consideraba “significativa” la probabilidad de una erupción en los siguientes días tras la tercera erupción, y las autoridades y científicos islandeses, que trabajaban sin descanso para preservar vidas e infraestructuras, esperaban lo mejor mientras se preparaban para lo peor.

“Creo que debemos esperar un comportamiento inesperado”, afirma Burton.

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